Lo quiero todo (Campo de color, Carta de grises, Escala desde el Cyan, Escala desde el Magenta, Escala desde el Amarillo)
Conjunto de 100 multipáginas (198 x 198 cm unidad) agrupados en 5 series de 20 ejemplares, individualmente plegados en sobre de tisu y catalogados en cajas de madera compartimentadas.

I want it all (Color Field, Gray Card, Scale from Cyan, Scale from Magenta, Scale from Yellow)
Set of 100 multipaging (198 x 198 cm unit) grouped into 5 series of 20 unit,  individually folded in tissue envelope and cataloged in compartmentalized wooden boxes.

Mezcla, entropía y Tutti Frutti

“El color es el lugar donde nuestro cerebro y el universo se encuentran” M. Merleau-ponty

El demonio, y con él dios, está en los detalles… ¿o más bien habría que decir que por los rincones? En cada ocasión que el universo se pliega surge el destello de las variantes, la combinatoria y posibilidades que se multiplican hasta el infinito, donde priman ya los matices que separan el bien del mal, la belleza de la fealdad, la perfección de lo informe. En esta tercera y ultima entrega de su proyecto sobre el color, Bracho completa el círculo cromático y la carta de grises de sus series anteriores con todo un arsenal de mezclas que van del más claro al más oscuro de los colores primarios -escalas del cyan, magenta y amarillo-, ofreciéndonos al cabo de los dos lustros que le ha ocupado el trabajo una auténtica cosmovisión. Esa palabra –“ver, mirar, observar el mundo”- increíblemente tardía, que hubo de esperar al siglo xix para que Dilthey, su inventor, la aplicaría a los tipos ideales y las formas contradictorias de concebir la relación del ser humano con la naturaleza.

Precisamente, de eso mismo se trata aquí: en la dialéctica por definir los colores con precisión, de aislarlos y reducirlos a una imagen estable, la tecnología que iba a ser la principal aliada del artista ha venido a decir en voz alta lo que ellos mismos silenciaban: que, más allá de los errores que salpican cada uno de los grandes pliegos de color supuestamente uniforme que componen las series de sus multipáginas, en el fondo lo que ocurre es que los colores son sencilla y simplemente intratables. Wittgenstein llegaría a una conclusión parecida; en el aforismo 45 de la segunda parte de su famoso libro sobre los colores nos advierte de cómo frente a ellos “se debe siempre estar preparado para aprender algo totalmente nuevo.” Algo que ni la psicología ni la física serían capaces de aprehender por completo sobre “lo que ahora estoy viendo”. Porque el color, viviéndose en radical soledad, es a la vez el puente que se (ex)tiende entre todos nosotros para poder compartir la vida con los demás; una narración tejida entre multiples voces; un eslabón por cada experiencia individual.

 

Colores mezclados en procesión con el blanco y el negro, viciados o imperfectos; confusos y raros; desviados, sucios, complejos… Aristóteles decía que “los colores puros básicos son aquellos que los pintores no pueden fabricar.” Asistimos entonces en esta ocasión a los colores mismos de la cultura, como aquellos tan del gusto de los manieristas que, por su alambicada sofisiticación, necesitaban para su nomenclatura casi de un relato propio: “español enfermo”, “amiga triste”, “mono moribundo”, “vientre de nonato”, “sangre de dragón”… ¡ay!, Lo que Bracho y yo nos habremos reído también poniendo los títulos a los multipáginas de cada tanda después de nuestras serias sesiones de trabajo a lo largo de estos años. El acto de nombrarlos, rozando muchas veces lo cómico o el disparate, era una suerte de catarsis que aliviaba la tensión del esfuerzo, reservándonos siempre el momento para el final de la jornada. Feroz enloquecimiento del verbo persiguiendo la idea esquiva, que así, sólo por el camino paradójico, la retórica o esa suspensión del sentido que es propia de la carcajada, le dará supuestamente alcance. ¿Pero, la habremos siquiera rozado? Ojalá.

En cualquier caso, aquí se cierra el ciclo, y el proyecto acaba como no podría ser de otra manera: completando los huecos de la trama y habiendo aparecido por fin todos sus protagonistas; saturando las secuencias, los primeros planos y los secundarios; poniendo en escena la totalidad de las posibilidades que albergaba el guión… el desenlace es un despliegue resumido del espectro visual completo. Así que, tú que miras, ya tienes los títulos de crédito a tu entera disposición. Ha de caer el telón, y el fundido en negro sobre el escenario supone, como bien sabrás, la suma de todos los colores que por allí han aparecido. Guárdalos en tu memoria, bajo los párpados, porque lo demás es silencio, ver a solas la nada, o simplemente ceguera…

Óscar Alonso Molina [Seixo – Pontevedra-, agosto de 2019]

Mix, Entropy, and Tutti Frutti

“Color is the place where our brain and the universe meet.” — Maurice Merleau‑Ponty

The devil—and with him God—dwells in the details… or perhaps better said, in the nooks and crannies? Each time the universe folds in on itself, a flash of variants emerges: combinatorics and possibilities multiply to infinity. Here, subtleties delineate good from evil, beauty from ugliness, form from formlessness. In this third and final installment of his project on color, Bracho completes the chromatic circle and grayscale palette of his earlier series with an arsenal of blends ranging from the lightest to the darkest primaries—scales of cyan, magenta, and yellow—and after two decades of work, offers us a true cosmovision. That word—“to see, to look, to observe the world”—incredibly late in the language, which had to wait until the 19th century for Dilthey, its inventor, to apply it to ideal types and the contradictory ways of conceiving the human relationship with nature.

That, in fact, is precisely what this is about: in the dialectic effort to define colors precisely—to isolate and reduce them to a stable image—technology, intended to be the artist’s main ally, has loudly revealed what these colors themselves silenced: that, beyond the errors speckling each supposedly uniform colored sheet in his multi-page works, what ultimately happens is that colors are simply unmanageable. Wittgenstein came to a similar conclusion: in aphorism 45 of the second part of his famed book on colors, he warns that one “must always be prepared to learn something entirely new” when confronted with them. Something that neither psychology nor physics can fully grasp “about what I am seeing now.” Because color, experienced in radical solitude, is simultaneously the bridge (or extended tether) between us, allowing life to be shared; a narrative woven from many voices; a chain of individual experiences.

 

Colors blend in procession with black and white—tainted or imperfect, confusing and strange, deviated, dirty, complex… Aristotle said that “pure basic colors are those that painters cannot manufacture.” Here, then, we witness the actual colors of culture, those favored by mannerists who—due to their elaborate sophistication—required near-mythic names: “sick Spanish,” “sad friend,” “dying monkey,” “unborn’s womb,” “dragon’s blood”… Oh, how Bracho and I laughed naming the multi-page works in each batch after our serious working sessions these past years. Naming them—often bordering on the comical or the absurd—was a sort of catharsis that eased the creative tension, always reserved for the end of the day. A ferocious maddening of the verb in pursuit of the elusive idea, which, paradoxically, through that path alone—rhetoric or that suspension of meaning that is laughter—would supposedly catch up with it. But did we even graze it? I hope so.

In any case, here the cycle closes, and the project ends—inevitably—as it must: filling in all narrative gaps and having finally brought forth every protagonist; saturating the sequences, the close-ups, and the supporting scenes; staging the full range of possibilities that the script had envisaged… the denouement is a condensed display of the entire visual spectrum. So, you who look, now have the closing credits entirely at your disposal. The curtain must fall, and the fade to black on stage means—as you surely know—the sum of all the colors that appeared there. Store them in your memory, beneath your eyelids, because what remains is silence, facing nothingness alone, or simply blindness…

 

Óscar Alonso Molina [Seixo – Pontevedra – August 2019